| El Mundo, 1 mayo 2000
CLAUDIO
MAGRIS
La
crisis de la familia
Cuando
incluso una película tan enfática y banal como American Beauty induce
a hablar de crisis de la familia y de su secular modelo tradicional, eso
quiere decir que dicha crisis existe realmente y, además, es profunda.
La familia
constituye un sustento de la realidad social, de la civilización, de
las relaciones afectivas, de la forma de vivir, concebir y narrar el
mundo, de los vínculos entre las generaciones sobre los cuales se han
basado en gran parte la vida y la historia de los hombres. Desde los
albores de nuestra cultura, la familia apareció como un modelo, para
bien y para mal, del universal-humano, el lugar material y sentimental
en el que se descubre el mundo, sus certezas y sus ambivalencias, su
juego y su guerra. El lugar en el que se descubre el eros y el orden, la
solidaridad y el desencuentro, la ternura y el conflicto. Un lugar en el
que se experimenta la identidad con las cosas y la imprevista
extranjeridad de uno mismo. Un lugar en el que se aprende para siempre
ese fatal y contradictorio impulso a escapar y a volver, en el que, como
enseña La Odisea, consiste quizás en general la vida.
Casi todas
las modalidades y las contradicciones con las que el mundo se ofrece a
nuestra experiencia y nos revela nuestra naturaleza tienen su origen
primigenio en la familia. Sin ella, no existe la épica, ni la relación
edípica, no existe la experiencia indeleble de la fraternidad y el
angustioso descubrimeinto del posible odio fratricida, los cinco
hermanos Panduidas del Mahabharata, el poema hindú, a los que ni
siquiera la pasión por la misma mujer consigue separar, pero también
los bíblicos personajes de Caín y Abel.
En la
familia, el amor demuestra sobre todo su capacidad para perpetuarse y
para incidir de una forma fundante en la realidad. Si la familia
pervive, pervive, para bien o para mal, una parte esencial -al menos
hasta ahora- de nuestra forma de ser, de vivir, de convivir, de amar y
de sobrevivir. Pero la familia puede desaparecer, porque, contrariamente
a lo que hasta ahora se afirma, no es una institución perenne, inscrita
en la naturaleza humana. Muchas sociedades y civilizaciones no se han
basado en ella. Incluso algunas clases sociales -por ejemplo, la
aristocracia- no la han conocido ni vivido como la entendemos nosotros.
Los retoños de rancio abolengo que nunca o casi nunca vieron el seno de
su blasonada madre, ajena por completo a los cuidados maternos confiados
a otras personas, difícilmente experimentaron el calor edípico.
Sin
embargo, ninguna otra realidad social ha simbolizado tan profundamente
la esencia del universal-humano, esos valores que Goethe llamaba «láricos»
-de los lares latinos, o sea los dioses domésticos- y que consideraba
constitutivos de la propia Humanidad, algo a defender contra cualquier
caos o disolución: el amor conyugal, paterno, materno, filial y
fraterno, la continuidad y la transmisión de los valores, el sentido de
la casa natal que trasciende a la propia familia y significa la
posibilidad de sentirse en casa en medio de la vida y del mundo. Estos
valores láricos nacen de la familia, pero la trascienden.
Ser y
sentirse padre, hijo o hermano indica una dimensión humana que va más
allá de cualquier vínculo de sangre y prescinde de ellos. La vida
familiar ha proporcionado numerosas metáforas para expresar valores y
sentimientos que no se limitan a la familia y a su angosta medida, como
cuando se invoca a Dios como padre o se dice, en contra de la guerra y
la violencia, que los hombres deben ser hermanos.
La familia
no siempre ha sido un universo ejemplar de armonía, amor y concordia.
También ha sido, muy a menudo, un lugar de tropelías, de violencia y
de desventura. La literatura, que es la crónica de la vida y la
historiografía del corazón humano, nos ha contado la purísima y
absoluta humanidad de Héctor, su amor por su esposa Andromaca y por su
hijo Astianacte, su deseo fundamental de que el hijo creciese y fuese
mayor, más feliz y mejor que él. En estas páginas de Homero, como en
tantas otras grandes páginas de la literatura hebrea, el amor conyugal
y paterno se convierte en una cifra absoluta del universal-humano. Pero
la literatura nos ha contado también los horrores familiares de la
tragedia griega, parricidios, matricidios y violaciones. La familia es
también la de los Atridas, de la cual descienden innumerables
sacrificios domésticos representados a lo largo de siglos y de
milenios.
No en vano
la tradición nos cuenta a menudo un saludable conflicto con la familia
de procedencia. No en vano tantas grandes figuras y guías espirituales,
comenzando por Jesús, optan por una paternidad anómala, irregular.
Existe también el mandato de romper, en cierta medida, con la familia
originaria. El hombre, está escrito, dejará a su padre y a su madre.
Hay a menudo tensión y antítesis, tanto en la historia de la cultura
como en la vida individual, entre la familia de la que se procede, en la
cual se es hijo y hermano, y la familia que se funda, en la cual se es cónyuge
y progenitor. La literatura se ha volcado, en general, sobre la
totalidad épica de la familia de procedencia, que abraza al individuo
como un coro. Los Rostov de Guerra y Paz, la novela de Tolstoi, evocan
la armonía y unidad de su casa. Los Buddenbrook, que da nombre a la
obra de Thomas Mann, están marcados por la fidelidad a la empresa
familiar, cuyos lazos son más fuertes que los sentimientos amorosos
individuales. Los Buendía de Cien años de soledad, la creación de
García Márquez, son, en cambio, como las piedras de la muralla china.
El ethos de
la estirpe prevalece sobre cualquier opción personal y oprime con la
necesidad de la naturaleza. El amor puede pasar, el matrimonio se puede
romper, pero ser hermanos es un dato de hecho, épico y objetivo como el
color del pelo.
La
literatura ha sido mucho más capaz de contar esta saga de los padres,
de la familia originaria que la odisea -árdua y imprevisible,
fascinante y arriesgada- de la familia que se funda, de la existencia
compartida en el amor conyugal, de los hijos. Aquella saga colectiva ha
sometido y, al mismo tiempo, limitado al individuo. En un bellísimo
pasaje de un manuscrito que he tenido la fortuna de leer, la autora,
J.Z., dice haber querido narrar la picaresca historia de la propia
familia de origen, bisnietos, nietos, tíos y padres, para transmitirla
a sus hijos que no la conocen, pero añade que no ha querido hablar del
tema con ellos cuando eran demasiado pequeños «para que creciesen
fuertes y libres», para no condicionarles ni vincularles.
De hecho,
Franz Kafka temía a la «papilla informe de los orígenes», el «único
organismo familiar» por el que se sentía constreñido, como escribía
a Felice, su novia con la que, quizás a causa de esos gelatinosos vínculos
originarios, nunca se casó.
Al igual
que la loa a la familia, también la contestación puede ser auténtica
o falsa, poéticamente verdadera o enfáticamente tediosa. El peor de
los kitsch nos ha afligido con insoportables retratos almibarados de
lindas y aburridas familias-modelo y con insportables e inverosímiles
retratos de familias, teatro de todo tipo de bajezas y de brutalidades.
El púlpito empalagoso y el púlpito transgresor son las dos caras de
una misma moneda, es decir de una retórica en ambos casos edificante,
que proporciona a buen precio la gratificación de defender valores
perennes o de cooperar a la liberación. Hasta ayer, la peor retórica
era la rosa, que incensaba o sublimaba aquel horrible ideal de vida al
que el dialecto véneto se refería con la expresión «hacer caseta»,
es decir el egoísmo de la familia encerrada en su estrecho gueto e
indiferente a los sufrimientos y a las tragedias que acontecen más allá
de su bien cerrada puerta. Ahora, se impone otra retórica -hoy
vencedora y, por lo tanto, peor que la anterior-: la retórica que
predica el cliché de la familia siempre falsa y abominable. La famosa
salida de Gide, «familias, cuánto os odio», se ha convertido en un
banal y repetido estereotipo.
Aparte de
estas banalidades, en el fondo irrelevantes, es indudable que la
transformación de las costumbres y las posibilidades ofrecidas por la
bioingeniería atacan hoy radicalmente al modelo de familia. El final de
ésta afectará en profundidad a una forma de vivir, de sentir y de
pensar la vida. Un niño hijo de tres madres -de la que biológicamente
lo genera, de la que lo alberga en su propio útero y de la que lo
adopta e, incluso, a veces de una cuarta que lo cría materialmente-
tiene que encontrar una estructura afectiva diferente (no necesariamente
mejor o peor) que el niño nacido y crecido tradicionalmente, por no
hablar de la clonación y de los híbridos que se anuncian para el
futuro.
Todo esto
desconcierta incluso a los que militan contra la familia tradicional. No
en vano, a menudo inconscientemente, la pareja intenta reconstruir la
familia incluso cuando cree desmantelarla. Por ejemplo, las parejas de
hecho que, pudiendo casarse, no lo hacen. Es decir, creen que su relación
no tiene por qué interesar al Estado, cosa de por sí legítima, al
tiempo que pretenden contradictoriamente un reconocimiento por parte de
este último, lo cual quiere decir que no han conseguido liberarse del
modelo de la familia como unidad social fundamental. Las parejas
homosexuales también niegan la familia y, al mismo tiempo, reclaman el
derecho a formarla.
El que
piense que la familia no es el único, ni siquiera el mejor ambiente en
el que puede crecer un niño debería tener -pero no lo tiene- el coraje
de proponer la posibilidad de que la eventual adopción de un niño no
vaya necesariamente ligada sólo a dos personas unidas por un vínculo
sexual, sino también a un grupo de amigos o a una comunidad, siempre
que estén integradas por personas que ofrezcan todas las garantías de
saber ocuparse de un niño.
Todo esto
denota un clima culturalmente incierto, en el que no se sabe bien qué
es lo que se quiere, porque la verdad es que se pretende tutelar,
reformar, contestar y abolir la familia al mismo tiempo. Si la familia
desapareciese realmente, cambiaría seguramente nuestra forma de vivir,
de amar y de contar las cosas. Ya no sería posible, por ejemplo, el
arte de un Singer, que representa el misterio conyugal como el teatro
del mundo. Quizás el hombre esté cambiando radical y rápidamente.
Quizás esté mutando su propia naturaleza, su propio ser, como ya intuyó
Nietzsche. Quizás mañana sea un conjunto de cambiantes e
intercambiables pulsiones, incapaz de fidelidad, de continuidad y de
permanencia. Pero de este eventual hombre realmente «otro» todavía no
podemos decir nada. Quizás sea incluso mejor que los numerosos,
inconsistentes y desvergonzados caraduras y que los innumerables
trompetistas de lo nuevo que parecen anunciarlo. Pero mientras tanto, no
estaría mal que siguiéramos pensando, sintiendo y sabiendo que la vida
es esencialmente nacer, casarse y morir.
Claudio
Magris es un escritor italiano. Su última obra editada en España es «Microcosmos»
(Anagrama).
Traducción
de José Manuel Vidal
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