| El
Correo, 12 abril 2000
¿Familia en crisis?
Me ha
gustado mucho el artículo de José María Romera 'El tabú de la
familia numerosa' (...). Para ampliar la información y animar a los
lectores a reflexionar más sobre el tema, quiero añadir los siguientes datos. Pienso que uno de los desafíos más apremiantes de la
primera década del nuevo siglo es tratar científicamente las
cuestiones de población para determinar mundialmente políticas a
favor del desarrollo, sin caer en la trampa de una manipulada ideología
ecologista ni engancharse en el concepto de la 'salud reproductiva y la
planificación familiar' como receta de salvación.
Estamos
acostumbrados a escuchar y leer información que suele centrar todo el
interés en los llamados países en desarrollo, cuando el punto neurálgico
del problema se encuentra en nosotros, que habitamos el hemisferio
norte. En nuestros países la familia numerosa -mejor dicho: la familia
con más de un hijo- sufre un desprestigio social deprimente y se
enfrenta a diario a una fuerte presión del ambiente. «Destruir la
familia para controlar la población» parece ser el único lema que
rige, ocultando así hechos alarmantes que nos deberían preocupar.
Aunque parezca una exageración -no lo es-, no son los países po bres
quienes causan los problemas, sino los países ricos, que sólo
mantienen un 20% de la población mundial, pero usan el 80% de los
recursos totales, generando así también el 80% de los residuos (...).
El
engaño en todo este planteamiento demográfico es grave. En el norte se
ha provocado una insuficiencia radical de la fecundidad con
consecuencias funestas para el desarrollo social equilibrado. Esta
experiencia no ha impedido destinar en los últimos cinco años 17.000
millones de dólares anuales para la 'promoción de la salud
reproductiva y la planificación familiar' en los países del tercer
mundo, empleando casi siempre métodos que violan gravemente los
derechos humanos y la dignidad de la mujer. La organización que se
encarga principalmente de realizar estos programas es la ONG IPPF (...),
que maneja muchos miles de millones de pesetas cada año. Un 30% lo
recibe de la ONU, el resto de gobiernos occidentales. Llama la atención
que sus gastos burocráticos consumen un 60% de los ingresos... El
dinero que queda se destina a programas de esterilización y
anticoncepción, que interesan más que promover la formación
profesional y humana de la población, mejorar la atención médica,
contribuir a la creación y el sostenimiento de pequeñas empresas
familiares (...).
Yo
me pregunto: ¿Es posible que seamos tan egoístas que cerramos los ojos
ante la gravedad de la injusticia de querer mantener y asegurar, a toda
costa, nuestra cultura de consumo y de despilfarro, haciéndoles pagar a
los más pobres del mundo, privándoles de su única riqueza, sus niños,
el potencial de su gente joven, el sentido arraigado de unión
familiar...?
Los
ataques contra la familia son graves y profundos. Sin embargo, queda la
esperanza de que la institución 'familia' -absolutamente necesaria para
el desarrollo equilibrado y sostenible- resista también esta plaga
(...). Que reviva reforzada y con ánimos renovados, contribuyendo así
a crear una sociedad más sana, más solidaria, más respetuosa hacia la
dignidad del hombre.
Christine
Kopplhuber
Bilbao
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