La Gaceta de los Negocios, 23 marzo 2000

Caída de la natalidad y envejecimiento

J.M. SERRANO RUIZ-CALDERÓN

Profesor Titular de Filosofía del Derecho

Si se cumpliesen las previsiones de la ONU, lo que no es necesariamente improbable, la población de España dentro de cincuenta años sería de apenas 30 millones de habitantes, con una proporción de un 37 % de mayores de 65 años. Éste sería el efecto, siempre que las demás circunstancias se mantuviesen constantes, de nuestra bajísima tasa de natalidad que nos ha llevado en pocos años a convertirnos en la sociedad más estéril del mundo.

La peculiar forma gerencial en la que se organiza nuestra sociedad y la obsesión por que al discurso público tan solo trasciendan argumentos de gestión económica han provocado que esta circunstancia social sea considerada un problema sólo en tanto en cuanto afectará en el aspecto económico a las actuales generaciones. "Si queréis cobrar pensiones, convendría que tuvieseis más hijos" es el argumento único del actual discurso público; aunque en seguida se ha dado con la solución: "No hay que preocuparse, porque los inmigrantes trabajarán para pagar nuestras pensiones".

Creo que el problema, pues, desde mi punto de vista, es un problema, tiene implicaciones sociales que pueden abordarse exclusivamente desde una perspectiva egoísta, como es mi pensión, sino en la que caben argumentos políticos en sentido estricto.

Resulta sorprendente que la sociedad española, que es una de las más satisfechas consigo misma, es decir, con su modo de vida, con su cultura, con los valores que al menos teóricamente defiende, con su forma de organización social, sea al mismo tiempo la que menos empeño parece tener en trascender esa peculiar forma de vida hacia el futuro. En efecto, la forma natural de trascendencia hacia el futuro, de permanencia en el tiempo, se da a través de los nacimientos. Estos, como indicó con acierto Hannah Arendt en la condición humana, son la única novedad relevante en el mundo humano, lo que escapa al control, de ahí la aversión totalitaria a los mismos que se traduce en la agresión a la familia.

Una sociedad descompensada en lo que afecta a las generaciones sufre consecuencias que van mucho más allá de las pensiones. En primer lugar, se ve afectado el propio sistema educativo, que entra en crisis, y con él la creación cultural y la innovación. ¿Realmente se piensa que es posible mantener el nivel de creación artística y cultural en España, con una drástica caída de la natalidad y un envejecimiento de la población?

Igualmente, siendo las universidades los principales agentes de la investigación, es razonable pensar que la pérdida de peso de las mismas, de alumnado, profesorado y centros que será consecuencia inevitable de la crisis de natalidad, afectará a medio plazo al conjunto de las labores creativas. Por otro lado, si seguimos insistiendo en que la principal riqueza de un país en la actualidad es precisamente su población, una drástica caída de la misma supone un empobrecimiento, que afectará inevitablemente también a una cuestión de la que parecemos estar especialmente orgullosos en este momento, esto es, a la presencia y peso de España en el Mundo.

Desde una perspectiva interna, la descompensación de generaciones producirá posiblemente una modificación de los valores sociales, y una creciente dificultad para aceptar opciones nuevas, en definitiva, determinará el surgimiento de una sociedad diversa de la que hemos conocido y ha guiado el tránsito en el cambio de siglo. El futuro perderá relevancia ante un presente que es más bien una mera mirada al pasado.

La inmigración es, por supuesto, un dato relevante en nuestro futuro, pero no supone en forma alguna la solución al problema planteado y ello por una serie de razones que deben considerarse especialmente.

En primer lugar, creo que una sociedad de una estructura de generaciones normal tiene muchas más posibilidades de tratar la inmigración como un fenómeno natural y positivo que una sociedad seriamente descompensada. Esta sociedad envejecida puede tener la misma tentación de cerrarse al exterior que estamos observando ya en sociedades de nuestro entorno, y ello porque este tipo de sociedades puede ver la inmigración más como una sustitución que como un enriquecimiento.

Además, si valoramos especialmente algunos rasgos de nuestras sociedades, no podemos garantizar que cualquier forma de inmigración masiva permita mantener determinados valores sociales que no son compartidos necesariamente por otras culturas. Esto podría ocurrir, en primer lugar, con el papel de la mujer en la vida social y pública, y con la tolerancia religiosa o la distinción entre la esfera religiosa y política. Por todo ello, creo que el futuro de nuestra sociedad depende, más de lo que se dice, de la recuperación de la natalidad. Ésta puede ser ayudada por políticas activas, pero, en última instancia, se manifiesta a través de millones de decisiones individuales en las que no es posible, ni deseable, interferir.

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